Formar parte del intercambio en Charlottesville durante ocho semanas --durante mis vacaciones de verano en enero y febrero-- fue mucho más que un viaje académico; fue una inmersión total en una realidad que, hasta hace poco, me resultaba completamente ajena. Salir de Argentina sola, enfrentándome por primera vez a la experiencia de viajar al exterior sin mi familia, marcó el inicio de un proceso de independencia que no hubiera logrado de otra manera. Recuerdo que, antes de irme, sentía una mezcla de emoción y nervios; no sabía realmente qué esperar de convivir con personas desconocidas en un entorno tan distinto al mío.
Mi llegada a Virginia estuvo marcada por la calidez de las familias anfitrionas, quienes me abrieron las puertas de sus casas y me integraron en sus rutinas como un miembro más. Adaptarse a un hogar nuevo implica mucho más que aprender un idioma; se trata también de entender costumbres que al principio chocan con nuestra cultura. Al convivir con cuatro familias diferentes, comprendí que cada casa tenía su propia dinámica y sus propios ritmos. Me llamó mucho la atención la velocidad con la que se manejaban en las comidas; mientras que en Argentina la sobremesa es un ritual sagrado para charlar, allá el ritmo es mucho más dinámico.
A pesar de las diferencias, encontré en la cocina una forma muy linda de retribuir tanta hospitalidad. Preparar postres como chocotorta o panqueques con dulce de leche se convirtió en una excusa perfecta para compartir un pedacito de mi identidad, agradecerles, y sentirme más cerca de casa. A través de esas comidas surgían conversaciones muy interesantes sobre cómo ven a Argentina desde afuera. Me llamó la atención que muchas veces sus ideas sobre nuestro país se limitan a la situación económica o a la comida, y poder charlar sobre eso me dio una perspectiva mucho más amplia sobre mi propia cultura y sobre cómo nos proyectamos al mundo.
Sin duda, lo más complejo de la experiencia fue el constante ejercicio de empezar de cero cada vez que me tocaba cambiar de familia. No es fácil desarmar la valija y acomodarse en una habitación nueva sabiendo que ese lugar es prestado y tiene fecha límite. Justo en el momento en que empezaba a sentirme realmente cómoda y ya no tenía que preguntar dónde estaban las cosas, llegaba la hora de la despedida. Esa sensación de dejar atrás una rutina que recién terminaba de entender fue un reto emocional, pero me obligó a ser mucho más abierta y a no cerrarme por miedo a la partida. Aprendí que se puede formar un vínculo real en poco tiempo y que la hospitalidad de las familias fue lo que hizo que nunca me sintiera fuera de lugar.
En el ámbito académico, asistir a clases en PVCC fue un cambio muy positivo comparado con mi rutina en el Krause. Como mi formación en la escuela es estrictamente técnica y centrada en la Química, tener la posibilidad de tomar clases de Arte fue algo que disfruté muchísimo. Me apasiona pintar y es una actividad que a veces debo relegar por la carga horaria de mi especialidad, así que contar con ese espacio para la creatividad fue fundamental para mí. Por otro lado, las clases de Química me resultaron sencillas porque los contenidos ya los habíamos cubierto en el colegio, pero fue muy enriquecedor observar los métodos de enseñanza y cómo se explican las ciencias en inglés. Las instalaciones del college me impactaron por su nivel de organización y tecnología. Los laboratorios son impecables y cuentan con un equipamiento excelente, lo que hace que el trabajo experimental sea muy fluido. Además, la comodidad del edificio, con detalles como la calefacción y el agua caliente en todas las áreas, generaba un entorno de estudio muy agradable. Pero más allá de la infraestructura, lo mejor fue el intercambio humano: poder interactuar tanto con profesores como con otros alumnos me permitió no solo practicar el idioma, sino también derribar prejuicios y aprender sobre la vida diaria en el país.
Algo que no esperaba de este viaje, y que valoro muchísimo hoy, es cómo el intercambio me ayudó a conectar con personas con las que nunca habría coincidido de otra manera. Esto no se limita solo a la gente que conocí en Estados Unidos, sino también a mis propios compañeros del colegio. Compartir una experiencia tan intensa generó un lazo especial con otros estudiantes del Krause: gente que quizás me cruzaba todos los días en los pasillos pero con quienes nunca había tenido una charla real. Hay una sensación muy particular en saber que, por más que intente contar la experiencia al volver, solo alguien que haya pasado por lo mismo puede entender realmente lo que se siente. Solo nosotros compartimos esa complicidad de haber estado lejos, de los desafíos que enfrentamos juntos y de haber conocido a personas que hoy son fundamentales para este programa. El intercambio nos unió a través de esos momentos que quedan entre nosotros, transformando a desconocidos de la escuela en amigos con los que comparto un recuerdo que nos va a marcar para siempre.
Más allá de las clases y la convivencia, viví experiencias inolvidables que guardaré siempre, como ver la nieve por primera vez, visitar los museos de Washington DC y animarme a esquiar. Hoy me siento una persona mucho más independiente, segura de sus capacidades y, sobre todo, mucho más abierta a lo desconocido. Me llevo conmigo recuerdos de cada hogar y de cada persona que conocí, entendiendo que el crecimiento personal ocurre cuando nos animamos a salir de nuestra zona de confort y a entablar vínculos nuevos, ya sea a miles de kilómetros o dentro de nuestra propia comunidad escolar.
Estoy profundamente agradecida con las familias Fleitman, Lanahan, Smith, Farmer y Mower, con Henry, con el equipo del Krause y con el Rotary Club por brindarme esta oportunidad que me cambió la forma de ver las cosas y me enseñó que el hogar no es solo un lugar fijo, sino las personas y los vínculos que construimos en el camino.